Tragandome todo fui una puta infiel

Relato enviado por Cindy

Yo quiero muchísimo a mi novio. Él también me quiere, y, si no meto la pata, sé que terminará casándose conmigo. Lo que pasa es que desde que lo trasladaron al Departamento de Proyectos se ha hecho amigo de un tal Alejandro que le está metiendo ideas en la cabeza. Además, se está pasando cada vez más con lo de Rocío. Él siempre se ha llevado muy bien con ella, y hasta me ha dicho alguna vez, cuando hemos bebido más de la cuenta, que físicamente le atrae mucho. El problema es que antes todo era de palabra, y a mí hasta me gustaba, vamos que me calentaba y todo Pero ese amigo suyo le está inflando la cabeza de ideas liberales, y desde hace como dos meses me viene insistiendo en que nadie manda en nadie, en que hay más gente, en que no tenemos por qué estar siempre juntos y demás. Yo creo que él se había visto, por lo menos, tres veces con Rocío, antes de la bronca del jueves.


Pero, claro, él va de que, como no le da importancia a nada de la moral, ni cae en contarme las cosas. Sin embargo, yo creo que no me cuenta nada en parte para no perderse el cachondeo que se trae con Rocío, y en parte también porque tiene miedo a que lo acabe dejando.

Bueno, pues el jueves a mediodía se puso en que esa noche, ya que se acercaban las navidades y había ambiente de fiesta, iba a salir por la noche a tomar unas copas con Rocío: ¿qué problema había? ¿es que hasta para salir a charlar y a pasarlo bien había que atenerse (así dijo «atenerse») a unas reglas? Yo me puse enferma. Le dije de todo: que con todo el rollo el lo que quería era acostarse con Rocío y que además a mi ni me importara. Él, otra vez con filosofías: coño, ¿ante quién había que responder? Tampoco era muy inteligente ponerse a berrear como una señora histérica. Yo notaba que me transformaba de celos y odio; y, mientras más me enfadaba, más molesto se sentía él por la cara de ira que él decía reconocer en mí, y que no soportaba.

Se fue, se fue por la cara. No hubiera habido palabras, ni gritos, ni llantos capaces de detenerlo. La cita estaba fijada, y, me parece a mí, lo único que a esas alturas quería era poder salir del piso (no se lo he dicho, pero vivo en un piso con una compañera) cuanto antes. El jueves por la tarde no fui a trabajar. Me pasé dos horas llorando después de que saliera del piso como alma que lleva el diablo, fui al médico para que me diera un justificante y me acosté a las ocho de la tarde, antes de que anocheciera.

Me desperté a las dos de la madrugada. No voy a contar lo que pasó por mi cabeza, las cosas que me venían. Lo cierto es que al final sentía una mezcla de rabia y deseos. No sé si me toqué un poco. Bueno, sí que me toqué y lloré y me dormí.


El sueño no consiguió apartar las preocupaciones de mi cabeza, pero, bueno, la mañana del viernes, de ayer viernes, me desperté descansada y bastante más tranquila, aunque, nada más abrir los ojos, caí en la cuenta de que Juan no había llamado por teléfono.

Las ideas seguían rondando por mi cabeza, pero llegué a la sucursal proponiéndome comportarme como una mujer más «liberada», es decir, me puse algo más provocativa con el director, que, la verdad, es un hombre inteligente y bien parecido, y yo he notado que a veces me mira (no soy un monumento, no soy muy alta, ahora que tengo una cara graciosa y muy buenas tetas). Como pensaba que debía pasar de Juan, a última hora me apunté en la lista para la cena de por la noche: todos los años los de la sucursal se reúnen el viernes antes de Nochebuena. Yo había faltado a las tres últimas y también iba a faltar a esta, pero cambié de idea.

Bueno, no daré más rodeos, no le quiero robar su tiempo: lo cierto es que cenamos y nos fuimos a tomar unas copas. Yo, como me había propuesto, hice por ser «liberal»: bailé con varios compañeros, de mi sucursal y de la Central (porque íbamos con ellos), e hice todo lo posible por llamar la atención del director. Él me miró varias veces, yo creo que dudó en acercarse, pero como a la una y media dijo tres palabras y se esfumó. Me quedé algo cortada, pero, hasta cierto punto, me liberaba de preocupaciones: ¿qué hubiera pasado de haber seguido la cosa adelante? ¿Qué hubiera tenido que hacer para pararlo? Se fue, y me quedé aburrida pero tranquila: «un refresco y me voy». Mientras esperaba en la barra, se me acercó Rubén, el chico de la mensajería: ¿un refresco?, de eso nada, nos tomábamos un cubata y me acompañaba, que él sí que trabajaba hoy. Vale; pues con la relajación de que ya no tenía nada que temer y de que aquel muchacho tan simpático y tan llanote no me imponía ningún respeto (yo soy la economista), nos tomamos tres whiskis con lima, salimos a carcajadas del pub. Yo, desde luego, no iba a coger mi coche: estaba bastante zumbada. No hice el intento de buscar un taxi, sino que me fui derecha al coche de Rubén. Con el fresco que entraba por la ventanilla (él conducía despacio y con mucho cuidado) me fui despejando. En diez minutos estábamos los aparcamientos de detrás del piso.

Allí, en vez de detenerse un momento para que em bajara, aparcó. Me dijo que ya se le estaba pasando el mareo y que se iba. Me alegré tanto de haber pasado un rato agradable y olvidada charlando con él que al irme, como por instinto (y por la medio-borrachera también, supongo), lo besé en los labios.

Se quedó un momento parado y al poco, cogiéndome por la nuca, empezó a besarme con fuerza sin que yo me resistiera. Yo estaba bastante caliente, pero Juan no se me iba del pensamiento. Rubén me volvió a acercar y por encima de la camisa se puso a acariciarme las tetas, a masajearlas. Yo sentía mucho calor y algo de miedo por lo que pudiera pasar (me daba cuenta de que estaba totalmente empalmado). Al momento estaba desnuda de cintura para arriba. Sus dedos se me metían entre las piernas y, cuando vine a darme cuenta, le estaba sobando con todas mis ganas el risco que se elevaba de su pantalón. Movía sus dedos por mi entrepierna, los metía dentro y los sacaba.

Yo estaba ardiendo y cada vez más preocupada: me angustiaba el recuerdo de Juan y tenía miedo de ver a Rubén tan lanzado. No sabía qué hacer, y entre la calentura y la vergüenza de parecer un calientapollas, para seguir, por así decirlo, el curso normal de los acontecimientos, se la saqué del pantalón y empecé a hacerle una paja. Como no sabía por donde tirar y también, creo (bueno, lo sé), porque estaba muy caliente, me puse a frotársela entera, a todo lo largo y a todo lo ancho, de arriba abajo y en espiral: ardía entera y tampoco quería que la cosa llegara más allá. De pronto, me sujetó la mano: con esa paja se iba a correr. Volvió a besarme, por la cara, por y en la boca, por el cuello, me besó, me chupó, me comió las tetas, y se me venía encima.

No podía hacer eso. No, no me la podía meter nadie más que Juan. Lo paré, se quedó parado. Lo veía mirar por la ventanilla resoplando de deseo pero bastante cortado. Cuánto lo sentía. No se podía imaginar lo mal que me quedaba al verlo así. La culpa había sido mía. No debía haber dado pie a tanto. A pesar de que yo estaba ardiendo, me quería ir; pero me daba como vergüenza dejar las cosas de ese modo. En medio de una gran confusión le dije: «no puedo follar contigo. Yo quiero a Juan. Pero, de todas formas, te hago una paja para que te quedes más tranquilo. Él se negó. No, no, así no quería: se sentiría mal. No le hice caso, y mientras le apoyaba la cabeza en el hombro, le rodeé la polla con las manos (estaba algo más floja) y me puse a masturbarlo con ansia. Estaba deseosa de todo, pero sabía a dónde no iba a llegar con él. Se la froté de todas las formas posibles, le acaricié los huevos, ahora le apretaba más, ahora le rozaba el glande con los dedos. Yo estaba a tope y él no se corría. Me pareció que se había quedado cortado con el parón que le di. Entonces me cambié de asiento, me metí entre sus pierna y, casi sin que se lo esperara, me metí su polla en la boca. Le chupé toda la puntu, por debajo, por arriba, por debajo, se la recorrí entera con la lengua, me la tragué entera, mientras con una mano le masajeaba las pelotas y con la otra le iba haciendo una paja. Y seguí sorbiendo, haciéndole una mamada de las grandes. Sus manos ocupaban todas mis tetas, las amasaba, las acariciaba. «Vamos a meterla» me dijo. Pero yo, mientras me tocaba por lo bajo, intensifique el ritmo: ahora se la mamaba sin manos, a tope, me la tragaba a tope. Se convulsionó un poco. Hizo por apartarse, pero yo, tan caliente como estaba, seguí y seguí hasta que se me derramó entero dentro de la boca. Estaba lanzada, seguí chupando y chupando. Me lo tragué todo y, a la vez, me derretí entera por abajo: ¡qué horror! Me equivoqué, me pasé de la raya. No quería follar con nadie que no fuera Juan, y yo hice que Rubén me me follara por la boca. Ocultar eso ya no era ocultar una tontería sin importancia, pero ¿cómo se lo iba a decir? Hoy Juan a venido a medio día. Yo creo que me ha notado rara, si no, ¿por qué iba a estar tan cariñosos y tan caliente? De momento, no me he atrevido a decirle nada. Estoy nerviosa. Esta noche querrá meterse conmigo en la cama. Con él desahogaré lo que me ha quedado dentro y él se quedará tranquilo. Pero estoy confundida. ¿Qué debo hacer? Agradeciendo por adelantado su respuesta, quedo a la espera de su consejo.

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