Violada por mis obreros

Relato enviado por SARA

Quiero contarles algo que me ocurrió tiempo atrás, quizás para desahogarme, porque hasta el día de hoy nadie lo ha sabido. Me casé muy jóven, a los 18 años, y llegué virgen al matrimonio ya que mi marido fue mi único novio. Mi esposo es viajante de comercio, y si bien su sueldo no es muy alto, gana mucho con las comisiones, lo que nos permitió compar una linda casa en la zona residencial de Alberdi, al poco tiempo de casarnos.
Yo soy maestra jardinerra, y aunque no ejerzo, enseño a un par de alumnos en mi casa. Soy rubia, algo atractiva, y si bien Dios no me dotó de estatura (mido 1,50, ni de busto grande, me compensó con una colita casi perfecta--según mi marido--.

Y ahora les contaré el secreto del que quiero desahogarme, por supuesto que mezclando un poco las circunstancias para ser irreconocible, pues no quiero ni que se sepa ni hacer mal a nadie.

Al año de casados decidimos construir una pileta de natación aprovechando el extenso patio que tenemos en el fondo de la vivienda. Para ello, mi marido contrató a un hombre algo mayor de aproximadamente sesenta años, quien nos dijo que con la ayuda de unos peones estaría lista en una semana. Fue así como un cálido día de enero, en ausencia de mi marido, se presentarion a trabajar este hombre y tres más; un morocho de unos 35 años, robusto y alto como un jugador de básquet, y dos jovencitos como de 15 o 16 años.

Trabajaron toda la mañana, y salvo una vez que les acerqué una gaseosa no molestaron para nada. Hacía un calor intenso ( y como recién eran las once de la mañana), me compadecí de ellos y salí al patio a llevarles una Coca-Cola. Quien la recibió fue el morocho que, dando las gracias, advertí que me clavaba la vista. Yo tenía puesto un short, que si bien no era muy corto sí lo bastante ajustado como para pasar por provocativa. Bajé los ojos y noté en el pantalón de ese hombre un bulto que me llamó la atención. Una enorme erección dejaba verdse a través de la tela.
Me dirigí hacia adentro, algo perturbada, y comencé a preparar algo de comer para mí sola, pues mi marido no vendría hasta dentro de dos días. El hombre mayor solicitó permiso para preparar un asado, y contesté que sí. Al mediodía comieron y bebieron en cantidad---para ser hombres que tenían toda una tarde de trabajo por delante---. Sus risotadas se oían claramente desde el living, donde yo permanecía saboreando una taza de té. Algo nerviosa por el sonido de las risas y las botellas que habían bebido, decidí, para calmarme, tomar una ducha de agua fría.

Al salir del baño, cubierta con un toallón como única prenda, grande fue mi sorpresa cuando vi sentado cómodamente en el sofá del living al morocho con un vaso de vino en la mano y el torso desnudo, como luciendo ante mí su ancha musculatura. Nerviosa, le pedí que se retirara, que tenía que vestirme. A lo que contestó, riendosé, que así lucía muy bien, que íbamos a desvestirnos. Comenzó a bajarse los pantalones completamente, hasta quedar con un pequeño slip que no podía sostener su pesada carga.

Furiosa!!! le grité que se fuera, y nuevamente su carcajada se hizo sentir en el living. A los pocos segundos procedió a quitarse el slip, y grande fue mi sorpresa al ver semejante miembro. No lo podía creer: parecía el doble del largo que el de mi esposo, y su grosor era el de una botella de gaseosa chica. Riéndose, fue bajando con la mano la piel que cubre el glande para mostrarme en toda su magnitud una tremenda cabeza de pija, lo que la hacía más grande aún.

¡Quise pedir auxilio, pero ya era tarde! Con una mano me atrajo hacia él, y me quitó bruscamente el toallón dejándome desnuda. Le supliqué que no lo hiciera, pero sin oírme me alzó haciéndome descender lentamente sobre su monumento de carne. Cuando entró la cabeza solté un grito de dolor, y cuando comenzó a penetrarme sólo atiné a decirle: ¡Despacio...por favor... despacio!... Me hizo caso, pero siguió hasta enterrármela completamente. Creí que me partía en dos. Luego, comenzó la embestida furiosa: entraba y salía, entraba y salía. Clavé mis uñas en su espalda y un insulto salió de mi boca antes de alcanzar el orgasmo. Sentí su leche caliente que me inundaba todo el cuerpo, y las risas de los compañeros que estaban presenciando la violación y a quienes yo no había visto entrar en medio de la cogida. Luego, uno a uno, fueron pasando para violarme. A la hora, yacía exhausta en el piso.

Creyendo que todo había pasado, por el dolor que sentía en la vagina, no me di cuenta que estaba boca abajo ofreciendo a su vista mi trasero...

Fue entonces cuando sentí al morocho lamiéndome la espalda y los cachetes de la cola. Presintiendo lo que vendría, le supliqué que no lo intentase, que podía matarme. Me susurró que me tranquilizara y, lentamente, noté que me separaba las piernas. Intentó una acometida sin éxito. Yo estaba asustadísima y comenzaba a llorar. Me pidió una crema o algo, le dije que no tenía. Ordenó a uno de los muchachos que buscara en el baño y éste se apareció con un tubo de dentrífico. Me untó la cola con el dentrífico, y también su pene, intentando, la penetración suavemente. Empujaba ordenándome que me relajara. Yo gritaba que no podía y al revés, me cerraba, cuando en eso sentí entrar la cabeza en mi pequeño orificio..

Quise levantarme, sin darme cuenta que el hacerlo facilitaba la embestida. Aullé de dolor cuando sentí aflojarse los esfínteres para dar paso a su verga, que entró hasta la mitad. Le rogué que parara y me hizo caso; se detuvo y comenzó a darme besos en la nuca sin sacar la mitad introducida. Estuvo unos minutos besándome, cuando de repente, me clavó el resto. Mordí mis manos para aguantar, estaba completamente rota, y comenzó a cabalgar locamente encima de mi hasta acabar. Cuando la sacó se reía, estaba sucia de excremento y me preguntó qué me habia parecido. No contesté.

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